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Susurros de libertad
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Susurros de libertad
Este es un relato fragmentario que he ido colgando en el blog. La idea es que con cada entrada, iba añadiendo algo más de información, e ir revelando poco a poco la identidad de la protagonista y de la historia. Todo empezó como si nada, de hecho la primera entrada no fue en absoluto planeada. Simplemente salió. Pero me gustó la idea y decidí continuarla. A ver qué os parece.
Sube, baja, vuelve a subir. Tenía el corazón en la garganta, el pelo
desordenado, el rostro lívido. El viento le azotaba la cara como un
látigo, el frío cortaba su piel como un cuchillo, el propio movimiento
del vagón hacía que su cuerpo se estremeciera de placer y de dolor a un
mismo tiempo. Entonces llegó la parte más dura: la caída final. Podía
ganarlo todo, o perderlo. Pero se arriesgó. Comenzó a subir, primero
rápido, luego más lentamente, hasta que se paró al borde del precipicio,
mirando hacia el infinito mar de lo desconocido.
Intentó buscar un rostro conocido, una mano amiga, unos ojos
comprensivos. No encontró nada de eso. En aquel momento se sintió sola,
desamparada, pequeña e indefensa. Como una mota de plancton en un
inmenso océano. Pero cerró los ojos y descendió. Cada vez más rápido,
más y más, la velocidad la aturdía, todo vibraba, el mundo desaparecía
en una masa de colores que se fundían en uno solo. Todo se volvió negro.
Cuando se quiso dar cuenta, la estaban ayudando a levantar del
asiento. Aquella montaña rusa había sido tremendamente intensa, le había
parecido eterna, pero en realidad no había durado más de cinco minutos.
Se alisó la camiseta y los pantalones, se pasó una mano por el pelo y
comentó a una de sus amigas:
- Tenías razón, al final sí que me ha decepcionado.
Abrió los ojos con pesadez y esperó a que se acostumbraran a la luz
de la habitación. Le costaba recordar dónde estaba y cómo había llegado
allí. De quién era el sofá sobre el que estaba tumbada. Por qué le dolía
tanto la cabeza. Pronto, tras desperezarse y mirar al rededor, se
percató de todo lo que había sucedido. Estaba en un salón, en una ciudad
grande y desconocida, con una vieja amiga que la había llevado al
parque de atracciones el día anterior durmiendo en el cuarto de al lado.
Toda esta información hizo que se volviera a recostar y a cerrar los
ojos. No quería recordar más, sólo quería sumirse en ese plácido sueño
de la ignorancia y dejarse llevar.
Pero cuando aquella amiga salió de su habitación y pasó de largo para
ir a la cocina tuvo que levantarse. En la mesa del salón había unas
cuantas cervezas y un cenicero a rebosar de colillas, fruto de la noche
anterior. Ahora, a juzgar por la luz que entraba por la ventana, serían
las doce de la mañana.
- Buenos días, fiestera, ¿qué tal has dormido? – preguntó una voz que salía de la entrada del pasillo.
- Puff, me siento como el culo, te lo digo en serio. Tengo la cabeza que me va a explotar.
Se levantó y fue a la cocina a prepararse algo de beber, caliente a
ser posible. Estaba removiendo los grumos de su vaso de leche cuando su
amiga entró también.
- Te levantas de muy mala leche después de una noche de juerga, ¿lo sabías?
- Joder, si no me doliera tanto la cabeza…
- Pues tómate algo, está en el segundo cajón a la izquierda del fregadero.
Abrió el cajón y su amiga sacó una caja llena de pastillas blancas. Se tragó una y bebió el vaso de leche de un trago.
- Adri, ¿qué vas a hacer hoy?. – le preguntó a su amiga.
- Pensaba quedarme en casa por la tarde. Igual viene Jorge.
- ¿No te importa si me visto y salgo a dar una vuelta?
- Como si estuvieras en tu casa, Mai. – respondió.
Dicho y hecho. Se vistió con lo primero que había en su maleta y
salió a la calle. El frió le cortó la respiración por un segundo, hasta
que empezó a expirar vaho. Había mucha niebla…
“Decir sí a ser libre, como el aire que respiro; a los momentos. Una vida que no pude… vivir. “
Mientras avanzaba a través de la densa niebla, iba recordando en su
mente las palabras de una canción que había escuchado en la radio.
“Vuelvo a sonreír, vuelvo a reaccionar…”
En realidad no tenía ningún lugar al que pensara dirigirse,
simplemente caminaba.Y entre tanto caminar, llegó a lo que parecía la
entrada de un parque. Por curiosidad entró. Las farolas, ya encendidas,
iluminaban las gotitas de agua que flotaban por doquier, revoloteando
como tranquilas luciérnagas húmedas. Se posaban sobre su abrigo, sobre
su pelo, su piel y sus gafas, compañeras desconocidas de aquella
media-tarde solitaria.
Pocas personas frecuentaban aquella umbrosa travesía. Algún perro
acompañando a su dueño. Ancianas embutidas en varias capas de lana y
polyester. Jóvenes que mezclaban el humo de sus cigarrillos con el que
despedía el calor de su aliento. Incluso vio a una pareja íntimamente
entrelazada que apresuraba el paso, pensando seguramente en la calidez
de su contacto sin ropa.
Se sentó en un banco cercano, algo cansada. Había estado caminando
desde el mediodía, sin tomar nada más que un vaso de leche. Pero su
estómago tampoco admitía nada más consistente por el momento. Cerró los
ojos y aspiró el aire, húmedo, helador, con un toque de tierra y hojas
en descomposición. Y cuando abrió los ojos, descubrió algo que no había
notado a simple vista. Por uno de los caminos del parque, algo lejos,
divisó una lucecilla temblorosa que nada tenía que ver con la de las
farolas. No pudo aguantar su curiosidad, que suele ser madre de grandes
descubrimientos y desgracias a un mismo tiempo, y de un salto se
encaminó hacia donde aquella luz la llamaba como un fuego fatuo.
Según la leyenda, los fuegos fatuos son espíritus en pena que vagan
por los caminos con la intención de atraer a los viajeros imprudentes y
confundirlos para que pierdan su rumbo. En este caso, no se trataba
precisamente de eso. En realidad, cuando Mai se acercó a la luz,
descubrió que iluminaba la cara sucia de una mujer y que aquella luz no
era más que una vela encendida.
- Hola niña. – dijo la mujer desgreñada apartando su vista de la
llama tililante, para mirar a Mai a los ojos. Ésta por un momento se
asustó, pero ya se había quedado parada mirándola, sonrió por cortesía y
susurró un tímido “hola”.- ¿Te gusta esta llama? Yo puedo estar horas y
horas mirándola sin cansarme. Siempre es distinta, cambia
constantemente aunque parezca siempre la misma. Por eso me gusta tanto.
Tiene tanta libertad… Y cuando se acaba la mecha, como todo ser vivo,
muere.
« Uy, discúlpame. Parece que este ensimismamiento me hubiera hecho
perder la cortesía. Mi nombre es Teresa. Vivo aquí, en este mismo
parque, desde hace muchos años. ¿Tú cómo te llamas?
Después de un rato de escucharla hablar, se dio cuenta de que tenía
un acento extraño. No marcaba ninguna letra en particular que ella
notara, pero no parecía española. Se apresuró a responder.
- Me llamo Maida. Pero todos me llaman Mai.
- Bien, Maida, dime. ¿Qué te ha traído aquí en un día como hoy? No
creo que sea casualidad que hayas venido a parar a este parque y, en
concreto, a este banco.
-Hmmm… La verdad es que simplemente estaba dando un paseo. Y llegué aquí.
- A veces la Fortuna tiene unos modos extraños de conducirnos. Pero
lo que está claro es que estás aquí por algo. Si no, no creo que te
hubieras fijado en una anciana mendiga con una vela mortuoria en un
banco del parque.- cuando Teresa dijo eso, Mai se fijó en que nadie
atravesaba esa zona del parque. Nadie miraba hacia allí, pese a pasar
casi por delante. Nadie parecía verlas a ella o a la anciana mendiga.
- Necesitaba despejar mis ideas. Por eso he salido a dar un paseo.
- Ya veo. Y has recuperado algo que hacía tiempo que no tenías. Dime
que no me equivoco. Has recuperado algo por lo que mucha gente ha muerto
y seguirá muriendo. Veo un brillo de libertad en tu mirada.
Mai se quedó sorprendida. Aquella anciana parecía estar leyendo su
alma como un libro abierto. No pudo responder, simplemente asintió.
- Y el problema entonces… ¿cuál es? – la anciana miró con unos ojos
del color del cielo a Mai, unos ojos amables pero con un gran poder de
atracción, hasta que se sintió desnuda ante ella, metafóricamente
hablando.- Te entiendo, niña. No sabes qué hacer con esta nueva libertad
que te ha sido concedida.
Le hizo un gesto para que se sentara junto a ella y se sumió en la contemplación de la llama.
Sube, baja, vuelve a subir. Tenía el corazón en la garganta, el pelo
desordenado, el rostro lívido. El viento le azotaba la cara como un
látigo, el frío cortaba su piel como un cuchillo, el propio movimiento
del vagón hacía que su cuerpo se estremeciera de placer y de dolor a un
mismo tiempo. Entonces llegó la parte más dura: la caída final. Podía
ganarlo todo, o perderlo. Pero se arriesgó. Comenzó a subir, primero
rápido, luego más lentamente, hasta que se paró al borde del precipicio,
mirando hacia el infinito mar de lo desconocido.
Intentó buscar un rostro conocido, una mano amiga, unos ojos
comprensivos. No encontró nada de eso. En aquel momento se sintió sola,
desamparada, pequeña e indefensa. Como una mota de plancton en un
inmenso océano. Pero cerró los ojos y descendió. Cada vez más rápido,
más y más, la velocidad la aturdía, todo vibraba, el mundo desaparecía
en una masa de colores que se fundían en uno solo. Todo se volvió negro.
Cuando se quiso dar cuenta, la estaban ayudando a levantar del
asiento. Aquella montaña rusa había sido tremendamente intensa, le había
parecido eterna, pero en realidad no había durado más de cinco minutos.
Se alisó la camiseta y los pantalones, se pasó una mano por el pelo y
comentó a una de sus amigas:
- Tenías razón, al final sí que me ha decepcionado.
•••
Abrió los ojos con pesadez y esperó a que se acostumbraran a la luz
de la habitación. Le costaba recordar dónde estaba y cómo había llegado
allí. De quién era el sofá sobre el que estaba tumbada. Por qué le dolía
tanto la cabeza. Pronto, tras desperezarse y mirar al rededor, se
percató de todo lo que había sucedido. Estaba en un salón, en una ciudad
grande y desconocida, con una vieja amiga que la había llevado al
parque de atracciones el día anterior durmiendo en el cuarto de al lado.
Toda esta información hizo que se volviera a recostar y a cerrar los
ojos. No quería recordar más, sólo quería sumirse en ese plácido sueño
de la ignorancia y dejarse llevar.
Pero cuando aquella amiga salió de su habitación y pasó de largo para
ir a la cocina tuvo que levantarse. En la mesa del salón había unas
cuantas cervezas y un cenicero a rebosar de colillas, fruto de la noche
anterior. Ahora, a juzgar por la luz que entraba por la ventana, serían
las doce de la mañana.
- Buenos días, fiestera, ¿qué tal has dormido? – preguntó una voz que salía de la entrada del pasillo.
- Puff, me siento como el culo, te lo digo en serio. Tengo la cabeza que me va a explotar.
Se levantó y fue a la cocina a prepararse algo de beber, caliente a
ser posible. Estaba removiendo los grumos de su vaso de leche cuando su
amiga entró también.
- Te levantas de muy mala leche después de una noche de juerga, ¿lo sabías?
- Joder, si no me doliera tanto la cabeza…
- Pues tómate algo, está en el segundo cajón a la izquierda del fregadero.
Abrió el cajón y su amiga sacó una caja llena de pastillas blancas. Se tragó una y bebió el vaso de leche de un trago.
- Adri, ¿qué vas a hacer hoy?. – le preguntó a su amiga.
- Pensaba quedarme en casa por la tarde. Igual viene Jorge.
- ¿No te importa si me visto y salgo a dar una vuelta?
- Como si estuvieras en tu casa, Mai. – respondió.
Dicho y hecho. Se vistió con lo primero que había en su maleta y
salió a la calle. El frió le cortó la respiración por un segundo, hasta
que empezó a expirar vaho. Había mucha niebla…
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“Decir sí a ser libre, como el aire que respiro; a los momentos. Una vida que no pude… vivir. “
Mientras avanzaba a través de la densa niebla, iba recordando en su
mente las palabras de una canción que había escuchado en la radio.
“Vuelvo a sonreír, vuelvo a reaccionar…”
En realidad no tenía ningún lugar al que pensara dirigirse,
simplemente caminaba.Y entre tanto caminar, llegó a lo que parecía la
entrada de un parque. Por curiosidad entró. Las farolas, ya encendidas,
iluminaban las gotitas de agua que flotaban por doquier, revoloteando
como tranquilas luciérnagas húmedas. Se posaban sobre su abrigo, sobre
su pelo, su piel y sus gafas, compañeras desconocidas de aquella
media-tarde solitaria.
Pocas personas frecuentaban aquella umbrosa travesía. Algún perro
acompañando a su dueño. Ancianas embutidas en varias capas de lana y
polyester. Jóvenes que mezclaban el humo de sus cigarrillos con el que
despedía el calor de su aliento. Incluso vio a una pareja íntimamente
entrelazada que apresuraba el paso, pensando seguramente en la calidez
de su contacto sin ropa.
Se sentó en un banco cercano, algo cansada. Había estado caminando
desde el mediodía, sin tomar nada más que un vaso de leche. Pero su
estómago tampoco admitía nada más consistente por el momento. Cerró los
ojos y aspiró el aire, húmedo, helador, con un toque de tierra y hojas
en descomposición. Y cuando abrió los ojos, descubrió algo que no había
notado a simple vista. Por uno de los caminos del parque, algo lejos,
divisó una lucecilla temblorosa que nada tenía que ver con la de las
farolas. No pudo aguantar su curiosidad, que suele ser madre de grandes
descubrimientos y desgracias a un mismo tiempo, y de un salto se
encaminó hacia donde aquella luz la llamaba como un fuego fatuo.
Según la leyenda, los fuegos fatuos son espíritus en pena que vagan
por los caminos con la intención de atraer a los viajeros imprudentes y
confundirlos para que pierdan su rumbo. En este caso, no se trataba
precisamente de eso. En realidad, cuando Mai se acercó a la luz,
descubrió que iluminaba la cara sucia de una mujer y que aquella luz no
era más que una vela encendida.
- Hola niña. – dijo la mujer desgreñada apartando su vista de la
llama tililante, para mirar a Mai a los ojos. Ésta por un momento se
asustó, pero ya se había quedado parada mirándola, sonrió por cortesía y
susurró un tímido “hola”.- ¿Te gusta esta llama? Yo puedo estar horas y
horas mirándola sin cansarme. Siempre es distinta, cambia
constantemente aunque parezca siempre la misma. Por eso me gusta tanto.
Tiene tanta libertad… Y cuando se acaba la mecha, como todo ser vivo,
muere.
« Uy, discúlpame. Parece que este ensimismamiento me hubiera hecho
perder la cortesía. Mi nombre es Teresa. Vivo aquí, en este mismo
parque, desde hace muchos años. ¿Tú cómo te llamas?
Después de un rato de escucharla hablar, se dio cuenta de que tenía
un acento extraño. No marcaba ninguna letra en particular que ella
notara, pero no parecía española. Se apresuró a responder.
- Me llamo Maida. Pero todos me llaman Mai.
- Bien, Maida, dime. ¿Qué te ha traído aquí en un día como hoy? No
creo que sea casualidad que hayas venido a parar a este parque y, en
concreto, a este banco.
-Hmmm… La verdad es que simplemente estaba dando un paseo. Y llegué aquí.
- A veces la Fortuna tiene unos modos extraños de conducirnos. Pero
lo que está claro es que estás aquí por algo. Si no, no creo que te
hubieras fijado en una anciana mendiga con una vela mortuoria en un
banco del parque.- cuando Teresa dijo eso, Mai se fijó en que nadie
atravesaba esa zona del parque. Nadie miraba hacia allí, pese a pasar
casi por delante. Nadie parecía verlas a ella o a la anciana mendiga.
- Necesitaba despejar mis ideas. Por eso he salido a dar un paseo.
- Ya veo. Y has recuperado algo que hacía tiempo que no tenías. Dime
que no me equivoco. Has recuperado algo por lo que mucha gente ha muerto
y seguirá muriendo. Veo un brillo de libertad en tu mirada.
Mai se quedó sorprendida. Aquella anciana parecía estar leyendo su
alma como un libro abierto. No pudo responder, simplemente asintió.
- Y el problema entonces… ¿cuál es? – la anciana miró con unos ojos
del color del cielo a Mai, unos ojos amables pero con un gran poder de
atracción, hasta que se sintió desnuda ante ella, metafóricamente
hablando.- Te entiendo, niña. No sabes qué hacer con esta nueva libertad
que te ha sido concedida.
Le hizo un gesto para que se sentara junto a ella y se sumió en la contemplación de la llama.

Niké- Cantidad de envíos: 2
Fecha de inscripción: 28/01/2012
Especialista en...
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Re: Susurros de libertad
Muchísimas gracias por tu aportación, Nikè. Espero ansiosa verte participar en alguno de los retos que están en marcha. Recuerda que hay una sección para crear relatos a partir de un título, una frase o una canción. ¿Te animas?
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Rumpelstinsky- Administradora

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Fecha de inscripción: 08/07/2008
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